La lectura del libro de este mes: ‘La mano izquierda de la oscuridad’ arrancó con un párrafo que nos dejó perplejas a algunas, maravilladas a otras por su sutileza y su riqueza metafórica.
«…la verdad nace de la imaginación. El más cierto de los episodios puede perderse en el estilo del relato, o quizás dominarlo, como esas extrañas joyas orgánicas de nuestros océanos, que si las usa una determinada mujer brillan cada día más, y en otras en cambio se empañan y deshacen en polvo. Los hechos no son más sólidos, coherentes, categóricos y reales que esas mismas perlas; pero tanto los hechos como las perlas son de naturaleza sensible.»
A lo largo del libro, confirmamos que Le Guin llena su obra de estas perlas: frases que, dependiendo de cómo las sostengamos bajo nuestra propia luz, brillan intensamente o nos enfrentan con nuestras sombras.
Así echamos a andar, sin ser todavía muy conscientes de que lo que íbamos a encontrar no era solo un relato de ciencia ficción, sino un espejo deformado, en el que reconocernos consistiría todo un reto a nuestra imaginación.
El viaje por Gueden no es sencillo. Nos topamos de entrada con un mundo extraño, gélido, inhóspito. El frío de Invierno cala en los huesos y nos obliga a buscar una manta o una prenda de abrigo. Pero también el texto resulta complicado, repleto desde las primeras páginas de largos nombres, lugares extraños, angulosos bloques de hielo que ralentizan la marcha y exigen concentración. Nos abrimos paso por los primeros capítulos preguntándonos ¿hasta cuándo durará esto?
No tarda en surgir uno de los temas centrales y presentes en toda la novela: el del género, o más bien su ausencia. Y aquí, un desafío inesperado: la androginia de los habitantes de Gueden. Lo que debería ser un mundo libre de las limitaciones del género, para muchas de nosotras, terminó por convertirse, al menos por momentos, en una suerte de reducción a lo masculino. Como comentó una participante: «Le Guin utiliza los pronombres masculinos y, aunque sabemos que es un recurso lingüístico, las descripciones físicas no nos ayudan a imaginar unos seres realmente andróginos. Más bien, parecen hombres, no muy masculinos, pero hombres al fin.»
Esta observación da paso a preguntas sobre las limitaciones del lenguaje y las posibles intenciones de la autora. ¿Podría el uso predominante del masculino en el texto estar reflejando no solo una barrera lingüística, sino también una barrera cultural, incluso para una escritora tan visionaria como Le Guin? Algunas incluso llegaron a cuestionar si el texto pudiera tener un trasfondo machista, un planteamiento que no buscaba desacreditar la obra, sino explorar sus contradicciones. Como alguien señaló: «Quizás esa reducción al masculino sea una forma de hacernos ver lo profundamente arraigados que están nuestros propios sesgos.»
En Gueden, el género parece desvanecerse, pero nos damos cuenta de que no podemos dejar de intentar encajar a los personajes dentro de nuestras categorías lingüísticas. «El lenguaje es binario, pero los cuerpos no lo son,» señaló alguien. Entonces ¿Cuánto de nuestra percepción del género viene dictado por las palabras que usamos para describirlo? ¿Cuán profundamente arraigados están nuestros propios prejuicios, incluso al leer un texto que intenta trascenderlos?
Nos internamos en el bosque del lenguaje, esa herramienta indispensable que usamos para dar sentido al mundo, pero que también puede ser un límite, un obstáculo. Como comentó una participante: «El lenguaje nos da palabras, pero también nos pone barreras.»
El texto nos ofrece otra forma de comunicación más allá del lenguaje: el “lenguaje de la mente”, esa conexión mental inmediata que Estraven encuentra tan desconcertante al principio. Nos preguntamos qué significaría para nosotras tener acceso a una forma de comunicación tan transparente, sin posibilidad de ocultar nuestros pensamientos o emociones. «¿Estaríamos dispuestas a entregar nuestra intimidad por completo?» fue una pregunta que resonó en el grupo. La reacción fue, curiosamente, similar a la de los personajes de la novela: una mezcla de fascinación y rechazo.
Sin embargo, alguien apuntó: «El hecho de que esa comunicación sea consentida nos da una especie de salvavidas. Nos recuerda que, incluso en una conexión total, el respeto por los límites sigue siendo esencial. Pero, ¿quién garantiza que no se utilizaría para manipular o dominar?” Incluso la forma más pura de comunicación puede volverse un arma si no hay un acuerdo mutuo y consciente. Pensar que el “lenguaje de la mente” puede ser al mismo tiempo una utopía y un riesgo nos deja un sabor agridulce, un recordatorio de lo vulnerables que somos cuando nos despojamos de nuestras máscaras.
Por otro lado nos surge la duda ¿Cabría la seducción, que es todo circunloquio, en esa forma de comunicación tan inmediata y absolutamente abierta? ¿Habría juego de seducción, como un arte que vive en los espacios entre las palabras, en los gestos sutiles y en el misterio de lo no dicho? O quedaría la relación sexual/afectiva reducida a algo como el Kemmer que experimentan los habitantes de Gueden; una mera necesidad fisiológica, esporádica e incontrolable y cuya satisfacción es un derecho.
Regresamos con una mezcla de sensaciones y emociones difíciles de desentrañar. Por un lado, nos sentimos contentas y satisfechas de haber completado el reto que supuso esta travesía. La aventura de recorrer ese paisaje invernal, de enfrentarnos a sus obstáculos y de descubrir las perlas ocultas en las palabras de Le Guin. Un logro compartido: un viaje desafiante, sí, pero también profundamente enriquecedor.
Nos queda la tristeza por el desenlace. El triunfo de Genly parece exiguo frente al precio pagado: la inmolación de Estraven. Más todavía, cuando ese sacrificio interrumpe la relación con Genly que nunca llegó a completarse, que se quedó suspendida antes de encontrar una forma de expresarse. Nos preguntamos qué habría pasado si ese amor, tan humano y tan extraño a la vez, hubiera tenido la oportunidad de ser plenamente reconocido, de cruzar la barrera del lenguaje y de las diferencias culturales.
Ahora, de regreso en la Tierra, vemos la realidad con una mirada nueva. Vemos las diferencias entre hombres y mujeres desde una perspectiva distinta: la desaparición o la negación de dichas diferencias no parecen ser la solución a la inequidad entre sexos, a la violencia de género, a la opresión y exclusión de la mujer. En cualquier caso, como dijo elocuentemente una de nosotras “yo no quiero ser hombre, ni quiero dejar de ser mujer, lo que me gustaría es haber podido disfrutar de los mismos derechos que tuvo mi hermano”.

