Ana no: la negación y el olvido
Cuando elegí el libro Ana no como lectura para el mes de junio de nuestro club de lectura, mi intención era hablar de feminismo y clase social, sin prever que este relato de miseria y pobreza no lo era solo a efectos de clase. Nos ha dejado una sensación profunda de desgarro. Porque esta novela no solo cuenta la historia de una mujer: nos enfrenta a un país forzado a olvidar. Un país compuesto sobre el silencio, que enterró a los suyos en fosas comunes con cal viva para abrasar no solo sus cuerpos, sino también su memoria.
«Ana no» es una mujer anciana, de más de setenta años, que deja su casa de pescadores en Almería y se pone en marcha a pie para visitar a su hijo, el único que le queda, a la cárcel del Norte en la que está condenado. Ana ya perdió a los otros: Paucha, su marido y sus dos hijos, en la guerra civil. La España que recorre Ana es una España rota. Paisajes, estaciones, pueblos poblados por figuras desplazadas: un juglar ciego, excombatientes sin uniforme, una perra enferma. «Todos los que acompañan a Ana son marginales», dijimos. Todos comparten pobreza, desamparo e invisibilidad.
Nos preguntamos qué empuja a Ana a caminar. Lleva «30 años muerta en vida». Prepara un pan de azúcar, casi un bizcocho, para su hijo, y emprende camino hacia el Norte sin saber siquiera dónde o cómo encontrarlo. El trayecto tiene un doble sentido. «Es un viaje de recuperación de su identidad, y al mismo tiempo un viaje hacia la muerte». Su cuerpo se apaga, pero algo en ella se enciende. A medida que avanza, una parte de sí misma va regresando desde el silencio.
Nada bueno le ocurre a Ana en el camino. La miseria la acompaña, los años le pesan, su cuerpo envejece a cada paso. Si algo la sostiene, es la solidaridad de los otros excluidos. «El cariño de quien comparte lo poco que tiene, frente a una España que luce pero no tiende la mano». En la frialdad de la ciudad, los acomodados ofrecen caridad sin conmoverse. No buscan remediar la injusticia, sino confirmar su lugar. «No hija, no te laves las manos antes de sentarte a comer. Te queremos pobre y sucia». Ese espectáculo grotesco nos pareció una caricatura, un toque de humor que, sin embargo, consigue superar la tragedia.
Pero en ese camino cada vez más árido, Ana empieza a hablar, a recordarse. El «no» que acompaña su nombre se va transformando en los más variados apelativos. A veces se recuerda como Ana Paucha, la esposa diminuta, la madre orgullosa; otras como Anita, la joven de las trenzas. La imagen del paraíso perdido desconcierta. ¿Cómo pudo ser Ana tan feliz en un misérrimo pueblo de pescadores?, nos preguntamos. Ese recuerdo tan luminoso no niega la dureza, pero sí la desplaza. «Quizá necesite ese relato como punto de apoyo. Porque no se puede vivir solo con dolor. Porque la memoria también necesita esperanza».
Ana no es heroína. «Ana insólita», dijimos. Resume lo que nos provoca: una mezcla de extrañeza y reconocimiento. Porque, siendo tan frecuente, no deja de conmover. Ana no representa a una sola mujer: es la suma de muchas. Madres, viudas, hermanas, vencidas. Mujeres que, como ella, fueron despojadas no solo de lo que tenían, sino del derecho a recordar. «No es la carencia: es que se lo han arrebatado todo».
Nos sorprendió su soledad: no tiene hermanos, ni amigos, ni red. Solo un hijo, y un recuerdo. Su aislamiento funciona como símbolo de una fractura mayor. «Ana la roja», encarna la división de las dos Españas. Nos conmovieron dos momentos especialmente. El primero, cuando Ana, sentada a las puertas de la iglesia, estira la mano esperando una limosna. «De todo lo que pasó, lo que más le costó fue pedir limosna». La quemadura en la palma de la mano que provoca la moneda fue uno de los pasajes más duros de toda la novela. El otro, cuando Ana descubre que ha sido engañada y llevada a un homenaje al asesino de su marido y sus hijos. «Ese momento concentra toda la violencia, el dolor y la injusticia en una insoportable ignominia».
Nos conmovieron también la delicadeza y el respeto con los que Gómez Arcos construye a su protagonista. «Un autor que escribe a una mujer. Y lo logra», se dijo. La acompaña sin apropiarse de su voz. Ana, sabia como quienes conviven con la tierra, avanza con dignidad. La eleva como símbolo y la dignifica haciendo que aprenda a leer y a escribir. Desde ese momento, Ana discurre sobre la importancia de los nombres, del reconocimiento propio y del mundo a través de la palabra.
El pan que Ana acarrea todo el camino, pegado al vientre, es también símbolo. Pegado a su vientre, es lo que le permite seguir siendo madre. Dar, aunque nadie espere ya recibir. Un bizcocho hecho con aceite, harina, anís, almendra y mucha azúcar. Un bizcocho hecho de esperanza.
El poema con el que aprende a leer, «A un olmo viejo» de Antonio Machado, se convierte en metáfora del viaje de Ana y del deseo desesperanzado de ver a su hijo o de ver a España reencontrarse tras la dictadura.
La novela nos deja con la imagen de una mujer que camina. Que no grita, que no reclama, pero que insiste. Que se niega a desaparecer. Al ser contada, rompe el cerco del olvido. Le devuelve al pasado su dignidad. Y al presente, una pregunta: ¿sabremos escuchar esas voces que hoy en día necesitan ser contadas?
Y tal vez esa sea la clave: en la historia de Ana se trenza también la nuestra. Porque su viaje, como el de tantas mujeres silenciadas, nos recuerda que la memoria no es un lujo del pasado, sino un camino que pisamos cada día. Y al final del trayecto, como en el principio, lo que queda es la urgencia de nombrar. De no olvidar.
Ese mismo camino de memoria es el que recorremos también nosotras al leer y al reunirnos a compartir lo leído. Cada gesto, cada pérdida, cada palabra dicha o escuchada sedimenta en nosotras como tierra bajo los pies. Porque, igual que Ana, también nosotras necesitamos recordar para poder seguir andando.
A medida que avanzamos en nuestro camino vital, con cada paso que damos hacia delante, se acorta también el tramo que nos separa del final: la muerte. Pero, paradójicamente, en sentido contrario se abre otra senda. Una senda hecha de memoria. Las vivencias que vamos acumulando, los encuentros, las pérdidas, los gestos más pequeños y los más intensos, se sedimentan como estratos de tierra bajo nuestros pies. Y es sobre ese suelo, ese empedrado íntimo que vamos creando con el tiempo, donde aprendemos a caminar por el recuerdo.
En este sentido, el olvido puede ser peor que la muerte. No es solo ausencia de memoria: es negación de lo vivido. Cuando perdemos el hilo de lo que fuimos, también se deshilacha el sentido de lo que somos. El trayecto entero pierde su razón de ser.
Lo que se olvida no deja huella: no enseña, no consuela, no advierte. Por eso el olvido despoja más que la muerte. Esta interrumpe la vida, pero no niega lo vivido. El olvido, en cambio, sí lo borra. No hay duelo sin memoria, ni justicia sin nombre para el agravio.


