Reseña La señora March

Reseña: La señora March

Por Marina García Mérida

La señora March lleva una vida en apariencia ideal. Es una intachable esposa, ama de casa y
madre. Vive en un lujoso piso en el neoyorquino Upper East Side. Reside con su marido,
George, un escritor de éxito, y su hijo, un taciturno niño al que su propio padre apoda,
cariñosamente, «Poe». En el mundo en el que vive la señora March todo está medido al
milímetro. No hay espacio para el error, menos aún, para el cometido por una mujer. Así, la
insegura señora March vive una fría y ficticia relación con su entorno, por la simple razón de
que no le está permitido, a las que son como ella, mostrar su verdadero yo.


La controlada y perfecta imagen de revista que la señora March proyecta, sin embargo,
comienza a resquebrajarse cuando un día cualquiera acude a su pastelería favorita y la
dependienta le habla sobre la última novela de su marido, una obra que la señora March
todavía no ha leído, y cuyo personaje principal parece estar inspirado en ella. La protagonista
de la última obra de George es una prostituta, Johanna, una mujer descrita como repulsiva,
alguien con quien nadie quiere estar y, desde luego, alguien a quien nadie querría parecerse.
¿Es así la señora March? ¿Despierta piedad? ¿Sienten asco hacia ella?


En esta crisis de identidad que vive nuestra protagonista, en el que comienza a compararse de
manera obsesiva con el personaje creado por su marido, el encuentro fortuito, en el despacho
de George, de un recorte de prensa sobre la noticia de una chica desaparecida, no hace sino
alimentar la inquietud de la señora March, que empieza a pensar que su esposo, al que creía
conocer, está implicado en el crimen. ¿Con quién comparte cama, realmente, la señora
March? ¿Quién es su marido?


Con el devenir de las páginas, el mundo de la señora March irá cayendo cual castillo de naipes.
Con un ritmo algo irregular, la historia va in crescendo, reduciéndose la tensión en algunos
capítulos, que resultan reiterativos, hasta el clímax del final.


Si bien es cierto que el argumento no es original, que la obra no ofrece nada nuevo, lo que
acaba animando a pasar las páginas es el cómo está escrita la novela. Con un narrador en
tercera persona, que sitúa el foco en la protagonista, percibiendo los hechos a través de su
mirada, todo cuanto se narra es, inevitablemente, cuestionado.


De esta manera, lo interesante de La señora March no es la historia en sí, sino cómo el lector
asiste al declive de la protagonista
, cómo la observa sumergirse poco a poco en la oscuridad.
Aunque el conjunto no resulta, al final, un thriller como tal, en tanto que, como lector, uno se
puede anticipar a lo que va a ocurrir, Feito lo dibuja de tal manera que, ante las escenas
inquietantes, sutiles al principio, claramente perturbadoras más adelante, uno no querrá
apartar la vista, viéndose arrastrado por una vorágine que todo lo arrasa.


Con ciertas pinceladas de humor negro, gran atención a los detalles y una abundancia del
estilo descriptivo, así como del monólogo interior, la atmósfera asfixiante atrapa y obliga, a
veces, a levantar la vista de las páginas para coger aire y continuar leyendo.


En La señora March, todos los personajes tienen nombre menos la propia protagonista,
reforzando la idea de lo poco que uno puede llegar a conocer a una persona. Es en el
predecible desenlace cuando se desvela cuál es el nombre del personaje principal, una vez
todo queda descubierto.

Además del claro homenaje al maestro universal del relato corto, Poe, se aprecia también la
admiración de Feito por Hitchcock: la protagonista tiene en su mesita de noche la obra
Rebecca y hay pasajes que recuerdan al clásico La ventana indiscreta.


Escrita originalmente en inglés, traducida después al castellano, los derechos al cine de esta
novela ya han sido adquiridos por la directora y actriz Elisabeth Moss, que encarnará a la
protagonista en la gran pantalla. La señora March, lo primero de Virginia Feito, seguro que no
será lo último. Quedémonos con su nombre y sigámosle la pista.