Reseña: ‘En la celda había una luciérnaga’, de Julia Viejo

Escrita por María Díaz

Desde que leí En la celda había una luciérnaga no he podido pelar una patata. Las veo en mis manos, indefensas, y pienso que arrancarles la piel equivale a repudiar la tierra de la que nacen. Eso, por no decir que ahora me fijo con atención en todos y cada uno de los árboles que voy encontrando en mis paseos por el bosque. Busco uno con una apertura lo suficientemente ancha en su tronco como para asomar la cabeza dentro. Estoy dispuesta a asumir el riesgo de quedarme atascada. Total, la sopa es uno de mis platos favoritos. De hecho, en el hipotético caso de que tuviera que elegir cuál sería la última comida de mi vida, elegiría la sopa. También me ha dado por visitar las casas de amigos y conocidos; no hace falta que sean ni muy amigos ni muy conocidos, me basta con que lo sean un poco, lo justo para presentarme sin avisar. Así aumentan las posibilidades de pillarlos por sorpresa. Una vez allí, me escabullo de los anfitriones y recorro la casa entera abriendo todas las puertas; ¡no dejo una habitación o un armario sin explorar!: Julia Viejo me ha enseñado que nunca sabes lo que te puedes encontrar.

Desde que acabé los treinta y cuatro relatos del libro he dedicado más de la mitad de mi tiempo libre a hojear libros de texto de Historia Universal. Me interesa especialmente el tema de la Transición. ¿Por qué esa época y no otra? Por ver qué cara tenían los jóvenes entonces y qué pasaba con las momias. El resto del tiempo lo invierto en guisar conejo. Lo pongo fresco en la cazuela y me lío a darle vueltas. Vueltas y más vueltas hasta que él se chupa toda la salsa y yo me mareo. También voy de manera compulsiva a los hipermercados. Ya me han prohibido la entrada en tres de ellos dos horas antes del cierre. Creo que en mi próximo intento de pasar desapercibida me voy a esconder dentro de mi propio carrito de la compra: es de cuadros verdes y azules, muy discreto. ¿Y qué te cuento del cielo? ¡Menudos sobresaltos siempre que se nubla un poco el sol! Cuando compruebo que ningún objeto pesado viene directo a estrellarse contra mi edificio, miro en la previsión meteorológica si se aproximan tormentas. Si es que sí, me pongo un gorro de paja, cojo la pala y me echo a la calle. Es el momento propicio para siembras especiales. Esto también me lo ha enseñado Julia Viejo. 

Ahora mismo estoy en un pueblo encajado entre montañas. Los pocos habitantes que quedan por aquí me han dicho que esta es la mejor zona del país para ver luciérnagas. Dicen que, en una buena noche, brillan más que la luz de las farolas de la ciudad. Me he sentado en el suelo a esperar que anochezca para que acudan a mí y sean ellas las que me alumbren para leer de nuevo En la celda había una luciérnaga. Necesito encontrar más pistas.

María Díaz con su ejemplar de En la celda había una luciérnaga