Primera reunión de nuestro Club de Lectura Feminista

Foto de la primera reunión del Club de Lectura Feminista de Librería Luces.

Primera reunión de nuestro Club de Lectura Feminista.

No podemos sentirnos más felices y orgullosas.

A continuación, un pequeño resumen escrito por nuestra compañera Lorena, directora del club.

Las líneas de sentido del feminismo

El feminismo incomoda. Despierta rechazo en quienes lo malinterpretan o temen su poder transformador. ¿Es el feminismo la superioridad de la mujer sobre el hombre? Algunos así lo quieren hacer ver, como si la lucha por la igualdad significara revertir las jerarquías en lugar de desmantelarlas. Este malentendido parece una estrategia para desviar la atención de lo que realmente está en juego: la búsqueda de un equilibrio, de una justicia que, a pesar de los avances, sigue siendo esquiva.

Nos preguntamos si lo que entendemos por «normal» no es más que una aceptación acrítica de realidades que ya deberían haber sido cuestionadas. ¿Qué tenía de «normal» que las azafatas del 1,2,3, siempre mujeres, simbolizaran la figura pasiva, sonriente, al servicio? Lo que antes era normal ya no lo es. ¿Qué pasa entonces con lo que ahora vemos como normal? Por ejemplo, que los estereotipos de género sigan marcando nuestra percepción del trabajo, el cuidado, y el lugar de la mujer en la sociedad. Lo que vemos como habitual es, muchas veces, la cristalización de un sistema de privilegios que resiste a ser desmontado.

El feminismo viene a incomodar, a romper con ese «orden» que algunos se empeñan en proteger. Y en ese choque, emerge la resistencia: los privilegios no se ceden fácilmente. Esa incomodidad que genera el feminismo es su fuerza, su razón de ser. Nos obliga a mirarnos, y a construirnos feministas día a día. Y sí, hay que decir que somos feministas, porque callar significa seguir permitiendo que las estructuras de opresión se mantengan intactas. La reivindicación es urgente: no podemos esperar que los cambios sucedan sin acción, sin palabras que nombren y visibilicen la desigualdad.

¿Pero cuántos feminismos hay? La respuesta es sencilla y compleja al mismo tiempo: hay tantos feminismos como necesidades, contextos y oportunidades. Las luchas no son homogéneas, y es un error pensar que existe una única forma de ser feminista. Pero, por otro lado, la atomización del feminismo, donde cada corriente parece ir en direcciones distintas, puede conllevar debilidad. La diversidad debe ser reflejo de riqueza. Cuando el feminismo se adapta, se transforma, se diversifica, multiplica su alcance, porque aborda problemáticas específicas desde diferentes frentes. ¿Pierde fuerza en esa dispersión? No si se mantiene firme a su principio, la búsqueda de igualdad de derechos y oportunidades en la sociedad.

Y entonces surge la pregunta: ¿debemos limpiar el término? ¿Ponerle apellidos? ¿Hablar de un feminismo «respetuoso», uno »que no daña», un feminismo «del bueno», «sin acritud»? Estas coletillas parecen querer suavizar un movimiento que, por naturaleza, es disruptivo. ¿Por qué habríamos de hacer del feminismo algo que no molesta, que no incomoda, cuando su misión es precisamente la de agitar las conciencias? La reivindicación del feminismo no necesita de suavizantes. No hay un feminismo «bueno» o «malo», hay feminismos que buscan una sociedad más justa, y no tenemos por qué justificar que nuestra lucha sea firme y, sí, a veces incómoda.

Mari Ángeles lo dijo bien: lo importante es hablar, dialogar antes de ponerle etiquetas a las cosas. Porque cuando hablamos de feminismo, estamos hablando de una lucha por la igualdad, pero también de un proceso de constante reflexión y aprendizaje. No se trata de culpas, sino de responsabilidades. La culpa solo paraliza, mientras que la educación, por contradictoria que sea a veces, nos impulsa hacia el cambio. Como educadoras, madres, compañeras, a menudo nos encontramos en la paradoja del «haz lo que digo, no lo que hago». Pero incluso en esa contradicción, el feminismo nos invita a seguir intentando, a seguir cuestionando y aprendiendo. Cada grano cuenta.

El feminismo no busca comodidad, ni para quienes lo defienden ni para quienes lo rechazan. Viene a poner en cuestión, a molestar, a abrir debates incómodos pero necesarios. Y en esa incomodidad reside su verdadero poder transformador.

Foto de la primera reunión del Club de Lectura Feminista de Librería Luces.

Libro leído: Todos deberíamos ser feministas, de Chimamanda Ngozi Adichie (Random House, 2015)

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