Enarenados.
9 Abr 2025 / RODRIGO LARRUBIA SALADO / La mujer de la arena
En la literatura japonesa del siglo XX, pocos autores resultan tan desconcertantes como Kōbō Abe (1924–1993). Fue contemporáneo de autores de renombre como el ganador del Nobel Kenzaburō Ōe, o el afamado y universal Yukio Mishima. Sin embargo, su trayectoria narrativa camina por una senda solitaria, casi excéntrica, marcada por el extrañamiento, los ideales existencialistas y un estilo literario que le ha llevado a obtener la calificación de «el menos japonés de los escritores de su época». O al menos así lo define el experto en literatura japonesa Carlos Rubio López de la Llave, con quien he tenido el gusto de compartir más de media docena de seminarios. Y el profesor dice más: Kōbō Abe es un autor sin furusato, sin un sentido de pertenencia, cuyas ficciones nacen del desarraigo urbano y abordan temáticas universales como la alienación y la necesidad de reajuste del individuo frente a una sociedad que lo margina o lo entierra. El desinterés de Abe por lo establecido y su inclinación hacia lo inusual se refleja también en su trayectoria: fue novelista, dramaturgo, guionista, aficionado a la música y al teatro, y miembro del perseguido Partido Comunista Japonés, aunque más adelante se distanciaría de toda etiqueta ideológica.
Dentro de su producción La mujer de la arena suele considerarse como la novela más representativa de su esencia creativa. La premisa de la que parte la novela es muy sencilla: un profesor aficionado a los insectos se dirige a una zona costera durante sus vacaciones con la intención de descubrir una especie ignota; una hazaña que, de lograrla, le permitiría inmortalizar su nombre en los registros entomológicos. Sin embargo, sus planes se verán truncados cuando se tope con una aldea en medio de las dunas de la costa y sea invitado por unos inquietantes aldeanos a pasar la noche. El alojamiento es una casa humilde, ubicada en lo que parece ser un hoyo excavado en la arena, y regentada por una mujer de comportamiento enigmático. Y digo bien: «parece ser», ya que Abe escoge un lenguaje deliberadamente ambiguo para describir el asentamiento: adjetivos incompatibles, contrastes difíciles de imaginar y una mezcla desconcertante entre verbos descriptivos y valorativos. Todo ello dificulta que el lector logre trazar los contornos de una población cuyos edificios se erigen sobre un terreno mutable e inconsistente. Con esta estrategia, Abe logra que aquello que intentamos representar —las estructuras fijas que anhelamos construir en los primeros compases de la novela para introducirnos en ella— se desdibuje y se nos escape entre los dedos como si de un puñado de arena se tratase.
La desconcertante ambientación inicial nos permite sintonizar más fácilmente con el protagonista, igualmente turbado ante esta sociedad tan poco convencional. Pero pronto descubre la trampa: no puede salir. Su confusión se torna en irritación. En compañía de la misteriosa mujer que vive allí (parca en palabras pero no en acciones ni agasajos), nuestro personaje innominado tratará de escapar mientras reflexiona sobre numerosos temas: su situación actual, el mundo del que procede e incluso la naturaleza y composición de la arena, ese elemento que simboliza desde el paso del tiempo hasta la extinción de la vida misma. El absurdo de la existencia, la identidad, el aislamiento, la sociedad, el trabajo, el consentimiento, el deseo, la libertad o la resignación son asuntos que afloran en La mujer de la arena, ya sea a través de las divagaciones del protagonista o mediante los elementos que lo rodean.
La figura femenina que da título a la novela —砂の女 (Suna no onna), cuya traducción más precisa sería «Mujer de arena», con una preposición que indica procedencia y no composición— es tan desconcertante como la propia aldea. Su rutina, sin embargo, es predecible y justificada. Asimismo, el comportamiento que mantiene hacia el protagonista está codificado bajo las reglas sociales confucianas que dicta la sociedad… ¿Por qué entonces se nos antoja tan enigmática? Pienso que esta mujer es clave para que nuestro entomólogo aficionado (y nosotros con él) confronte ideales movilizados incluso por su ego ante el absurdo que todo ser social se niega a reconocer, en pos de nuestra preciada —y quizás ficticia— sensación de capacidad de elección y libertad.
La obra del escritor tokiota no busca complacernos sino más bien incomodarnos. Los elementos simbólicos que introduce son abundantes y provocan reflexión. Pero detenerse a pensar puede conducirnos a una desagradable sensación: la de no cumplir con nuestro objetivo principal, que no es otro que continuar la lectura hasta finalizarla. Pararse a reflexionar, por tanto, nos sumerge en la inacción. Y esta es peligrosa, ya lo sabemos. La falta de producción solo puede llevarnos a acabar enterrados. Desafiar las normas y lo comúnmente establecido nos conduce al mismo fin. Queridos lectores, no tenemos más remedio que continuar: la alienación es la única vía de escape. Lo mejor será pensar que han decidido abordar esta lectura por voluntad propia, y no por culpa de que un coordinadorucho de un club de lectura de tres al cuarto se la haya impuesto. Solo si lo creen así —y no se detienen— lograrán concluir esta imprescindible obra de las letras niponas.
Autor: Kōbō Abe. Título: La mujer de la arena. Editorial: Siruela. Traductor: Kazuya Sakai.




Preciosa reflexión y reseña Rodri.
Lo más importante del libro: el poder compartirlo en el club, analizar grano a grano y darse cuenta, que a pesar de que el tiempo corre en ese reloj de arena, estamos todos , en cierto modo imbuidos en él y en el sistema (propio).
Agradezco a ese «coordinadorucho» el descubrir un mundo desconocido y terminar enterrada en las arenas movedizas de un tipo de literatura (que no habría conocido por mi cuenta) que te embebe, en ese irreal paisaje real, ambiguo y por descubrir
Magnífica reseña, no esperaba menos .
No pude asistir a la reunión del club y leyendo esta reseña he disfrutado y completado mis percepciones sobre esta obra. Es cierto que yo nunca hubiera leído un libro de estas características, pero precisamente ahí está el enriquecimiento de ser orientados por este genial coordinador ( de coordinadorucho nada).
Es una novela, como bien afirma Rodri, que me incomodó desde el primer momento, pero es cierto que continué mi lectura hasta el final, quizás esperando otro tipo de desenlace, puesto que cuando lo concluí me quedé con la sensación de que me faltaba algo. Lo que sí hay que reconocer al escritor, para mí lo más destacable, es su capacidad de descripción, hasta el punto que me ha echo sentir cada sensación como si yo también estuviera allí, en es agujero de arena.
Para mí una experiencia poder acercarme a todo tipo de lecturas.