Nuestro compañero Emilio reseña 'El descontento', primera novela escrita por Beatriz Serrano. Publicada por Temas de Hoy.

Emilio recomienda… ‘El descontento’, de Beatriz Serrano

Reseña de Emilio Lanzas

Divertida y triste novela sobre el hastío laboral en el año 2024 de nuestro señor Bill Gates. Gregarismo, adoctrinamiento digital y apatía clickbait en sonrientes sectas corporativas. Teambuilding, briefing, storytelling… todo suena mejor en inglés dentro de la alucinación del coach de turno, gurús en serie, replicados ad nauseam, adorando al dios de la productividad. A pesar de lo que pueda parecer en un primer momento no es una novela sobre la precariedad laboral: Marisa, la protagonista, como publicista  en realidad gana bastante más que un mileurista, tiene los fines de semana libres y despacho propio en el que goza de la privacidad necesaria para ver videos en Youtube para matar un aburrimiento cósmico.

Pero Marisa, en el fondo de su ser, o quizás no tan en el fondo, sabe que no hace más que venderhumo. Es una vendehumos, eso sí, profesional: engaña tanto a sus clientes como a sus compañeros de trabajo. A base de orfidales consigue engañarse hasta a ella misma. El final es impactante, como el final de cualquier charla TED, incluso con su justa dosis de redención. Esto desbarata la deriva narcótica y autocompasiva a la que se veía condenada sin remisión. El humor no falta en ninguno de sus algoritmos.

La empresa como familia. La idea de que tus compañeros de trabajo son algo más que tus compañeros de trabajo para que te cueste horrores levantarte de la silla a las seis de la tarde porque sientes que estás abandonando a tu hermano pequeño en una gasolinera.

Es curioso que el oficio elegido para la novela sea precisamente agente de publicidad: eso en lo que todo el mundo parece haberse convertido hoy en día. Si no sabes venderte, no existes. Necesitas convertirte en la mejor versión de ti mismo, convertirte en un producto, una marca personal. Se parafrasea varias veces la canción de los Smiths ‘Heaven Knows I´m Miserable Now‘ (Buscaba un trabajo y ahora tengo un trabajo/Y el cielo sabe que ahora me siento un desgraciado), pero la canción de Morrissey y compañía que se me viene a la cabeza leyendo esta novela es más bien ‘Still Ill’: I decree today that life is simply taking and not giving/England is mine and it owes me a living(Decreto hoy que la vida es tomar y no dar/Inglaterra es mía y me debe una paga de por vida).

El juego de las oficinitas consiste en saber expresarse cuando toca. En decir “preparar un Excel” o “hacer una presentación” como si estuvieras hablando de una operación a corazón abierto o en alargar excesivamente una explicación, llena de detalles aburridos, para que la gente pierda el hilo de lo que estás contando y no te pregunte nada al terminar.

La situación que se da en la oficina de la protagonista es la misma que se da en todas las oficinas del mundo: un carnaval de trepas, pelotas y postureos varios filtrados a través de frases de autoayuda empresarial, buscando iluminar al trabajador/pringado de turno para fundirse en algo más grande que él mismo. Decía Chesterton que el problema de que nadie creyese ya en Dios era que la gente creía ya en cualquier cosa. Esta nueva religión contiene también su buena dosis de hipocresía: esa noticia que saltó hace unos años de que los padres de Silicon Valley prefieren que sus hijos estudien con libros y no con pantallas me recuerda a esos padres anticlericales que mandan a sus hijos a colegios de curas donde la enseñanza es mejor.

A veces, lo que más cuenta en el juego de las oficinas es la imitación: si todo el mundo se muestra preocupado, tú debes aparentar preocupación; si todo el mundo está alegre, tú debes simular alegría.

El descontento no tiene nada que ver con otras novelas sobre oficios que se me vienen a la mente: la muy recomendable Morfina, de Bulgákov, por ejemplo, sobre un novato médico rural en la Siberia de los años 20 pasándola canutas; o Cartero de Bukowski,  una de las mejores muestras de que el trabajo no dignifica una mierda: en el peor de los casos te deshumaniza.

¿Qué ha cambiado? Mucho y poco al mismo tiempo. Todo sigue siendo lo mismo pero con emoticonos.

Dentro de 20 años no sé si alguien volverá a leer El descontento para entender cómo era vivir en esta sociedad, en éstos tiempos, todo es tan volátil que probablemente en 20 años nadie se acuerde de Zoom, igual que hoy día nadie se acuerda de qué coño era eso de Napster. Es el problema de ser rabiosamente actual: se envejece mal y rápido. La IA probablemente solucione todo esto, y actualizará pronto los clásicos para que lo entienda cualquier idiota. Ah, que ya lo hace. Son detalles sin importancia, las aplicaciones, las fechas, las contraseñas, las fábricas de mentes.

Por lo pronto, El descontento está encantando y va por la quinta edición en apenas meses. Le auguramos un buen futuro al sinsentido laboral y a Beatriz Serrano, su afilada autora.

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