Reseña de Emilio Lanzas
A los escritores a los que sigues desde hace mucho tiempo terminas viéndolos como a viejos amigos: prefieres admirar sus virtudes e ignorar sus defectos. Es justamente eso lo que me pasa con cada libro nuevo de Stephen King: es gratificante oír la misma vieja historia una y otra vez, a veces es justo lo que uno necesita.
En este caso Stephen vuelve al terreno del género policíaco, al que es cada vez más asiduo, no sabemos si porque el catálogo de hechos sobrenaturales se le han agotado o si por el hecho de que la actualidad ha igualado o superado la ficción más catastrófica. Por eso desde esta historia mundana de secuestros y asesinatos, que asoma cada día a periódicos y noticiarios, podemos observar cómo se pasea la pandemia, las mascarillas, Donald Trump, Twitter y cualquier otra mención que King considere que lo sitúa en el año 2023 y aledaños.
Pero todas las épocas han sido y siguen siendo el fin del mundo para sus contemporáneos, como bien supo ver Dickens con aquello de «era la mejor de las épocas/era la peor de las épocas» (Historia de dos ciudades). Precisamente lo mejor de Holly se muestra cuando se aparta del apunte anecdótico con fecha en el calendario y vuelven los mejores talentos del Rey del Terror: el buen oído ante la conversación más trivial, la transcripción en tiempo real del miedo, el retrato de personajes mundanos en situaciones límite.
En este caso es Holly Gibney, la detective que ya conocimos en Mr. Mercedes, El visitante y Quien pierde paga, quien se hace cargo de un nuevo caso: la desaparición de una joven. King baraja de manera magistral escenas de víctimas y verdugos, a la espera de que nosotros nos anticipemos a cada nueva pieza del rompecabezas.
Sin duda King sabe lo que hace, y lo hace bien, y sus lectores constantes no esperamos menos de él. Afortunadamente los miedos son interminables, y así parece ser la carrera de Stephen King, uno de los mejores narradores de nuestra época. En una sociedad cada vez más infantilizada en la que los cuentos tradicionales se evitan por resultar traumáticos resulta loable que todavía nos recuerden a los adultos cuáles son nuestros verdaderos miedos.
El de Stephen King quizás sea el ser olvidado. Por eso no deja de escribir historias: uno no puede morir mientras escribe y todo lo escrito nunca podrá morir.



